Se levantó de la silla
y con esa pasiva agresividad que tenía me dio la espalda
soltando a su paso la estela del perfume que me encantaba
y el sonido de sus talones golpeando el suelo,
tratando de hacerme entender que fuera detrás suyo para convencerla, otra vez, de que ella era todo lo que estaba bien.
Para su mala suerte, me quedé, apacible, en mi lugar
dejando que el eco del portazo inundara toda la habitación,
todo el edificio,
todo el barrio,
la ciudad,
el país,
de la paz que había germinado dentro mío, por fin, su inminente ausencia.
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