Debajo de mi almohada, en el broche de mis zapatos, en el vestido negro que quedó arrugado en el suelo y que no quiero volver a ponerme porque tiene tu perfume.
Y me desgarro la garganta gritando para dentro, porque la culpa es mía pero a los platos rotos los pagás vos.
Y me quedo sentada mirando el teléfono que nunca suena, y la ventana por si venís a buscarme, y la puerta abierta por si querés venir a devolverme el corazón que quedó sobre la mesada de la cocina.
Porque no puedo disculparme por ser lo que soy, pese lo que pese.
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