Estoy metida en un frasco de vidrio, vacío y con la tapa bien puesta. Vos me pusiste acá. O mejor dicho, yo me puse acá por vos.
Desde adentro veo tu mano pegada a la pared transparente que nos separa. Pongo la mía encima, pero no puedo tocarte. Y obvio, si vos estás afuera. Con tu vida, con tus cosas. Parece que yo dejé de ser parte de todo eso hace rato, desde el momento donde de común acuerdo yo pasé a ser un adorno de exposición. Y no vas a entrar, pero tampoco me vas a ayudar a salir.
Te veo sonreír, y yo sonrío por vos también.
Pero me estoy quedando sin aire.
Y vos te estás yendo. Y estás cerrando la puerta de tu habitación detrás tuyo.
No puedo darme el lujo de ponerme a llorar, queda tan poco espacio acá dentro que tengo miedo de ahogarme en mis propias lágrimas.
Intento saltar, a ver si puedo zafar de acá rompiendo la tapa. Con la cabeza, con lo que queda de la fortaleza que tenia antes de meterme acá dentro. Con las angustias de las que nunca te pude hablar por miedo a que te enojes conmigo y te vayas. Que al pedo que fue, si de todas formas lo hiciste.
Te busco con la vista pidiéndote auxilio. No te veo. Debés estar ya bastante lejos como para escucharme gritar.
Y esto se está haciendo cada vez más insoportable.
Me quedo sin espacio.
El frasco empieza a achicarse, hasta aplastarme, junto con todos los sueños que tenía para nosotros dos.
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